Vivencias de una calle.
Me distraigo desnudando transeúntes y me golpeo
torpemente con esas señales que no señalan nada, camino cansado, aplasto el
cemento que me separa de mi esencia, vistiendo paños
que también me separan. El tiempo fracturado en segmentos me recuerda
que tengo y ya no quiero: lunes, martes, sábado, las 3, las 6, las 8 ...
la pauta vital me asecha y me consume, mientras invisible transito la cuidad
desnudando mujeres, como tratando de vivir en el dolor que un golpe torpe me
provoca.
En ese transito taciturno escucho ruidos, tambores, pitos, gritos
y cánticos... mientras mucha gente ocupa ese otrora rutinario cemento,
desviando a aquellas cajas metálicas que en vano nos transportan.
Así, de pronto me despierta del letargo urbano una turba alegre y ruidosa... no
entendía bien que es lo que hacían, pero de pronto
la vacía existencia, la estupidez incesante de buscar vida
en algún acto torpe, el aletargado desfile de caras ocupadas,
se extinguió.
No pude no unirme… exigían
algo… no se muy bien que, pero era importante. Oí que querían educación gratis,
que se respete la tierra, que los dejen casarse, que se respeten naciones
originarias y muchas cosas más. Todos querían algo, como si se hubieran
aburrido de transitar vacíos en busca de las mercancías por las que transaban
su vivir.
Así, de pronto la calle,
espacio de vagabundeo existencial, de sonambulismo y de deseo fantaseado entre
tanta oferta de felicidad mercantil; ese espacio que otrora me secuestrara en
la anhedonia, ahora rapta mi atención, y aquellas señales que no señalaban
nada, aquellos anuncios que no anunciaban nada y aquellos mandatos subliminales
que me hundieran en la indeferencia, de pronto son el fecundo despertar del
desprecio y de la rabia, son la señal inequívoca del camino equivoco y el ultimo
bello soporte imaginario ante el inexorable vacío.